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martes, 13 de noviembre de 2018

La tierra es plana y el olor a papel es único

There is a kind of tunnel vision once you start believing what the world looks like.

 

John Davis - The Flat Earth Society

El 24 de marzo de 2018 Mike "Mad" Hughes decidió lanzarse en un cohete para probar que la tierra es plana.  El plan de Mike es simple, amarrarse a un cohete lanzarlo por encima de 52 millas y probar de una vez por todas que no hay tal cosa como la curvatura de la tierra sin importar la altura que se alcance. 

Por principio Mike posiblemente esté loco, por el final es casi seguro que Mike Hughes sea un ignorante que por azares del destino se ha convertido en un negacionista que prefiere las opiniones a los hechos, cosa tan de moda en el mundo actual que hasta tenemos presidentes aficionados a tales disparates. Estoy casi seguro que el 99% de los lectores de este sitio estarán de acuerdo conmigo, incluídos unos cuantos negacionistas que de alguna manera dejan que sus opiniones sean tan ligeras como las de "Mad" pero que ante la abrumadora realidad sobre la redondez del planeta se sienten ajenos a esta ridiculez. 



El verdadero problema actualmente es que las certezas con las que conservamos la estaticidad de nuestro universo se han ido convirtiendo lentamente en disparates inexplicables pero bien defendidos. Tomemos el ejemplo más cercano a la razón de existir de este sitio: el libro electrónico. A estas fechas en que varios despistados confunden el hundimiento de la palabra escrita como medio de comunicación y entretenimiento con el fracaso de uno u otro formato, se habla con fuerza de la "reivindicación del papel" como si el santo Grial proviniera de tierra santa y no de Monty Python. Si bien las ventas en papel siguen sosteniendo un porcentaje mayor en comparación con las ventas en formatos digitales, la realidad es que el número más evidente en casi cualquier estadística es que el consumo de libros va en franca picada en solitario y mucho más evidente en comparación con el consumo de conocimiento y entretenimiento en otro tipo de productos.

Por principio, para los amantes de los libros (sic), la pregunta más básica tendría que ser: ¿Es el libro electrónico un mejor formato que el libro que el papel? La respuesta en los hechos es simple: si. ¿Esa superioridad es motivo suficiente para cambiar la tracción de una costumbre? La respuesta vuelve a ser muy simple: no. ¿Hay una correlación entre ambos hechos o, una niega a la otra? Por supuesto que no, a menos que empecemos a considerar que la incapacidad para vislumbrar el horizonte curvo de la tierra sea prueba fehaciente de que la tierra es plana y entonces si, que nos de por la alegria absoluta de lanzarnos en cohetes en el maldito desierto del Mojave.

El libro electrónico como principio y ejecución solucionaba muchos más problemas de los que creaba. Considerando que las tres amenazas del libro impreso eran la distribución, los cambios en los hábitos de consumo y el uso constante de recursos no renovables y su fehaciente encarecimiento,  el ebook solucionaba en sus etapas más tempranas casi cada uno de ellos. El replanteamiento de la venta de libros en pos de la inmediatez, obsesión previamente adquirida por el libro en papel, solucionaba también el dilema que trae consigo la distribución en países donde la extensión física presentaba un impedimento total al acercamiento de nuevos y posibles lectores con el libro. ¿Es mejor tener libros en todas partes al mismo tiempo que tener algunos libros a veces en ciertos sitios? Si. A pesar del sueño guajiro (léase ridículo para los ajenos a la mexicaneidad) de que se deberían procurar más librerías por habitante en el mundo, la realidad es que ninguna tendencia de consumo avala la posiblidad de éxito de un proyecto de tal guajirez. Toda la industria de consumo se ha visto derrotada por la obsesiva expansión de espacios físicos a zonas rurales de difícil acceso, mantenimiento y administración. Así que por ahí el libro electrónico sonaba a una mejor idea porque, a final de cuentas, lo más simple casí siempre es lo más fácil aunque no se vea el horizonte curvo del planeta. 

Honestamente tenemos que reconocer que los detractores del libro digital provenían más del lado del negacionismo que del lado de la lógica. Pongamos que les sigue pareciendo más prácitco moverse con 450 grs en la mano en un mundo donde la tendencia a usar un transporte público más aconglomerado en lugar de cargar 75 grs que se podían guardar en la simplicidad del bolsillo. Eso si decretamos que el hecho de ya cargar esos 75 grs en el bolsillo para otros menesteres simplificaba aún más el tema de la portabilidad y la constante disminución de los tiempos de lectura en al vida diaria. ¿Era más fácil decirle a la gente: "saque usted el cacharro y lea" que pedirle que cumpliera el malabar del libro, la agarradera y la ley de Newton? Si, maldita sea si. 

El libro electrónico nunca fue perfecto, hoy es más un adolescente de 1.80 que un adulto de 1.70 y eso conlleva torpeza, fragilidad y volubilidad. Pero siendo honestos de los tipos móviles a la impresión directa a placa nos pasamos unos cuantos cientos de años, el libro en papel tampoco fue perfecto en su nacimiento como formato. Aunque los dos son similares en la cuestión más primitiva: el libro (físico o digital) eran perfectos en su contenido. Y por ende, trabajó tanto el papel en perfeccionar su contenedor físico; es triste pensar que quizá jamás le permitimos al digital alcanzar esa belleza.

Siendo claros, es muy posible que los papeloplanistas estén mucho más interesados en ser vistos con un libro que en leerlo. Porque siempre ha sido mucho más erótica la soberbia de la lectura que la pasión por las letras y desde hace un rato que ser hipster y ser lector se parecen mucho más que ser lector y chica de oficina. Esto les pasa de largo porque necesitan que les pase de largo, consideran la gentrificación de la lectura un gesto espontáneo utilizando los mismos conceptos que uno que otro astrónomo renacentista. Hay más claridad en la relación hipster-lectura como resultado de la gentrificación de la cultura que en la relación niños-lectores por la manutención de la tradición impresa. El lector leerá, el consumidor de libros ¿quién sabe?. 

Finalmente es importante hablar de la obsesión de la humanidad con la tradición. Ser terraplanista en el siglo XVI era mucho más cómodo que ser terraplanista en el siglo XXI. El negacionismo no nace de la lógica o el análisis abierto de los fenómenos, nace de la tentación de sentirse diferente por ir en contra los resultados concretos de una evolución técnica y humana. Considerar el cambio de formato en la palabra escrita un atentando a las costumbres, usos y fetiches del lector se parece mucho más al oscurantismo que al humanismo. Como hoy se defiende el papel para el libro se han defendido cosas terribles en el pasado, pero claro que esto al negacionista no le acomoda porque no va a andar diciendo por la vida que la tierra es plana, no vaya a ser que lo tiren de loco.  Perdimos muchas cosas valiosas en la humanidad por abrazar una tradición que sentimos se transforma en identidad y ahora deberíamos temer seriamente que podemos perder el libro para salvar el papel, aunque esto tranquilice a tanto por ahí que sigue pensando que si no ve el horizonte es porque la tierra es plana. ¡Hágame usted el jodido favor!






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