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sábado, 13 de enero de 2018

Tinder nos hará libres


Dios salvó al mundo enviando a su único hijo, Tinder, a lavar los pecados de los hombres. Primero me gustaría confesar que yo fui adolescente antes de Internet, lo cuál automáticamente me vuelve un migrante digital. Partiendo de la existencia de las categorías y de la necesidad que sentimos por categorizarlo todo es necesario proponer algunos términos que serán necesarios para explicarme. En mi forma particular de percibir el mundo si existen los nativos digitales, también existen los migrantes digitales y por ende hay una franja aún considerable de ermitaños análogos. La división en mi cabeza es clara, por un lado los nativos digitales son aquellas personas que alcanzaron la adolescencia, y el subsecuente desarrollo de habilidades sociales, en un mundo completamente digital. Los migrantes digitales son aquellos que alcanzaron esas habilidades sociales en un mundo análogo pero aprendieron a desarrollarlas utilizando herramientas digitales y finalmente, tenemos a una generación completa de personas que alcanzaron el desencanto de la madurez antes de la proliferación de Internet y sus manifestaciones. Estos últimos son ermitaños análogos, personas que si bien pueden utilizar herramientas digitales encuentran estúpido sustituir interacciones análogas por sus variantes electrónicas y casi siempre se sienten muy incómodos en dichas instancias. 
 

De estos tres grupos, y probablemente porque es al que pertenezco, los migrantes digitales llevan una ventaja competitiva tanto emocional como laboral frente a los otros dos grupos. Amalgamar lo análogo con lo digital ha sido la obsesión del siglo XXI, en algunos casos esa obsesión ha generado tantos aciertos como errores que han afectado el estado geosocial del mundo moderno. Desde finales del siglo XXI hasta el día de hoy observamos una tendencia cada vez más aletargada por “mejorar” digitalmente nuestro entorno. Primero empezamos por las interacciones sociales, para seguir con las herramientas más necesarias para finalmente alcanzar la última tendencia que se manifiesta en digitalizar la vida cotidiana. Aquí el mundo se parte en dos, los nativos digitales exigen continuamente la digitalización de cada aspecto de su vida y los ermitaños análogos demandan que si ya funciona no lo toquen más. En medio los migrantes digitales explotan lo mejor de ambas partes. Sirven a la vez como traductores para los ermitaños y como catalizador para los nativos. Posiblemente tengamos que reconocer que los dos extremos cumplen una función importante para el desarrollo social y tecnológico de la especie, unos empujan sin piedad y los otros se atrincheran astutamente. Mientras los nativos cuestionan las rudimentarias formas y métodos de sus antecesores los antecesores constantemente le resguardan las intenciones más importantes que deberíamos preservar en el futuro. Por el centro los migrantes tratan siempre de sacar ventaja de ambos mundos.

¿Es importante cuestionarnos hasta la última interacción social? Si, no solo es útil, es trascendente para alejarnos definitivamente de ciertas prácticas que hemos acarreado durante varios siglos y que parten en dos el mundo entre los que piensan que deben regir la vida de los otros y los que consideran que la vida privada es la cosa más sagrada sobre la faz de la tierra. Estas son sin duda dos de las tendencias sociales más importantes de los últimos 700 años. Desde el Renacimiento y hasta la Era Digital el mapa moral del mundo ha sido el centro de buena parte de las obsesiones de la filosofía transformada en narrativa. Porque si algo hay que reconocer en el mundo actual es que el ejercicio del pensamiento por la sola esperanza de pensárselo bien ha cedido su lugar a la narrativa y la parábola como método de proliferación de las ideas más locas y más recalcitrantes del espectro humano. Nadie quiere escuchar a una filosofa pensárselo, lo necesitamos digerido, dibujado, explicado y comparado para poder agregarlo a nuestra cartera de ideas. Si bien esto último es uno de los grandes cambios que trajo consigo la era Digital tampoco es para rasgarse las vestiduras. La forma que somete al fondo hasta la extinción es una pésima idea.

La primera cita que tuve “por internet” fue una de las experiencias más emocionantes y desconcertantes de mi vida. Yo, un chico de 17 años que le gustaba la fiesta, los juegos de rol, los libros y el fútbol terminé sentado con una chica de 19 que odiaba leer, le gustaba escuchar música todo el tiempo y se vestía como señora del siglo XIX. ¿Nos enamoramos? Por supuesto que no. Es más, posiblemente pasados 30 minutos los dos deseábamos con todo nuestro corazón que el café se viniera abajo y pudiéramos ponerle fin a ese sufrimiento infinito e insoportable que era la existencia del otro. El problema era que, y esto le parecerá novedoso a muchos nativos digitales, en 1997 todavía estaba mal visto ser un desagraciado grosero que se levanta de la mesa y se va. Algo en la educación previa nos obligaba a los dos a intentar establecer un vínculo de comunicación que fuera una extensión del vínculo digital que habíamos establecido sin tener que vernos la cara. Ella era muy guapa, yo no. Ella estaba muy triste, yo no. Ella quería gustarme, yo no. Pero más allá de esta condena al fracaso que flotaba entre los dos tuvimos una conversación larga y cordial sobre lo único que realmente nos interesaba, nosotros. El vínculo entre los dos fue digital, sin embargo lo que nos mantuvo ahí fueron las convenciones análogas de la conversación. Aún la recuerdo con mucha nostalgia y ganas de un día encontrarla y contarle que aquella tarde ella tenía mucha más razón que yo.

La diferencia fundamental que evita la concordancia entre estos tres segmentos de los que he hablado es la incapacidad que tenemos para acordar si el mundo digital es una herramienta, una opción o un lugar. Esta incapacidad natural para ponernos de acuerdo posiblemente estorban más de lo que ayuda, pero no me imagino el mundo del futuro sin alcanzar un sospechoso en común para definir esto que nos ocurre. El mismo mundo nos arrastra discutir de manera estéril si la existencia de estos tres conceptos por principio sirve de algo más que la oportunidad de sentirnos tranquilos por poder ubicarnos de manera más o menos correcta en una categoría social. Supongo que eso se lo debemos al marketing, antes había que usar pantalones para salir a la calle ahora hay que utilizar categorías para salir a la calle y tener mucho cuidado de no meterse al sitio equivocado so pena de ser enviado a patadas de regreso a su lugar. Obviamente las patadas son metafóricas dado que los sitios son ideas y por lo tanto en realidad ya a casi nadie le patean el trasero en el mundo moderno. Cosa que a los ermitaños les incomoda y a los nativos les horroriza.

Pero volviendo sobre nuestros pasos hay que pensar en Tinder. Posiblemente esta pequeña aplicación para buscar parejas ocasionales/perpetuas sea la manifestación más equilibrada con que contamos actualmente. Tinder se le puede explicar a todos. Tinder no requiere experiencia digital previa o habilidades sociales análogas para funcionar. Tinder fue, en un principio, la idea más simple y más obvia que podíamos tener. Nada más fácil que preguntarle a alguien “¿Te gustaría encontrar a alguien para hacer lo que quieres hacer y que esa persona quiera hacer lo mismo?” La respuesta es si. Siempre es si. Es como preguntarle a una persona si quiere respirar mientras le aprietas la nariz hasta que se pone morado. Uno siempre quiere encontrar a alguien, es la naturaleza humana. Hasta las personas más solitarias fantasean con la idea de conocer a alguien a quién puedan decirle por adelantado y en claro que solo esperan unas cuantas horas de interacción sin tener que soportar el riesgo de un escupitajo en la cara o un bofetón. Tinder era perfecto. Era porque obviamente en la transición esquizofrénica en la que vivimos es difícil que algo que hace una cosa bien se conforme con ser esa cosa, también porque la insatisfacción como deporte nos lleva a despreciar a la larga algo que nos emocionaba sólo por la posibilidad de ser el primero en despreciarla y ver como los demás te siguen. Tinder fue porque cualquier cosa que es tiende a dejarlo de serlo y eso está bien también.



Mi padre hubiera comprendido Tinder, mis sobrinos entienden Tinder, yo quiero creer que se usar Tinder, es un tema en común, un sospechoso que sirve para todos. ¿Por qué? Por que la idea de Tinder era satisfacer una necesidad básica sorteando el impedimento más grande al que se enfrentaba. Tinder resolvía un problema y eso siempre sirve. En unos meses una amiga muy querida se casará con el, ahora un querido amigo, chico que conoció en Tinder. Me emociona no porque mi amiga vaya a ser feliz, estadísticamente hablando seguramente su relación se romperá como se rompen casi todas, me emociona porque significa que aún no se ha innovado en la parte más necesaria, que aún lo que realmente importa está lejos de la intervención de la nueva era. Que extrañamente las verdaderas necesidades humanas están siendo ignoradas por la tecnología dejando un hueco enorme por resolver en el futuro inmediato. Donde los futurólogos ven un mundo transformado algunos vemos un mundo mejor, donde dicho optimismo cabe y no solo se nos permite hasta se nos aplaude. Este es el sitio que tomará el lugar de la realidad y eso no solo debe pasar, es necesario que garanticemos que pase. Cada uno, nativo, migrante, ermitaño, todos tenemos un papel que jugar en esta utópica manifestación donde al nacer te entreguen un Tinder por si ocupas.