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martes, 16 de mayo de 2017

La poesía o los siete gatitos del meme aquel


La poesía es el gato de Schröedinger, hace mucho tiempo que no sabemos si está viva o muerta pero en realidad ninguna de las dos posibilidades significa diferencia. Durante muchos años hemos hablado de la poesía como ese objeto inamovible y presente que representa la magnificación de las ideas y los sentimientos en nuestra vida cotidiana. Recuerdo hace algunos años escuchar a un amigo decir “volveré a leer poesía cuando alguien pueda hacer un poema sobre la vida en una oficina”. De las muchas cosas que este amigo me dijo esta se quedó en mi mente y cada vez que la poesía como género sale a la conversación la uso. Es cierto, la poesía difícilmente es cotidiana.

Lo que resulta interesante de la poesía como objeto social es su continua manifestación en medios digitales. No pasa un día sin que los peores poemas del mundo aparezcan reducidos en aforismos memetizados en la red social de mi preferencia. Benedetti, Nervo, Girondo, Neruda, todos reducidos a sus versos más cursis, menos importantes y en algunos casos completamente apócrifos representan la supervivencia de la idea de poesía en el mundo moderno. En un sentido estricto estas son buenas noticias para el género, la poesía se presenta como una opción viable para comunicar sentimientos e ideas, compite sanamente con canciones, citas de película o aforismos puros en el catálogo social actual.

Sin embargo la poesía es un poco más que eso. Debería ser un poco más que eso. Últimamente también se ha convertido en el hogar de las formas menos estrictas (ironía) y más espontáneas de la literatura. Hace algunos años que la mayor parte de los escritores latinoamericanos empiezan escribiendo versos modernos y libres como ejercicio prematuro de lo que después serán narradores y ensayistas de largo aliento. La poesía es una puerta de entrada. Por otro lado esto ha traído consigo una separación cuasi social en el constructo social que representan los gremios de escritores. Los poetas que buscan irrumpir en la vida de los lectores de manera violenta y los poetas que buscan construir poéticas que perduren más allá del impacto iracundo de los primeros.

Los primeros se consideran digitales, los segundos se consideran análogos. Los dos asumen que la trinchera genera valor agregado a sus propuestas y posiblemente, a diferencia del pasado inmediato, es posible que tengan razón. La poesía se ha hecho de un lugar en las manifestaciones digitales, uno que genera cierto tipo de status quo, un poema que parece canción de cantautor de segunda tiene mejores posibilidades de pasar por cierto que una canción del mismo cantautor de segunda. Una verso con segundas intenciones siempre es más útil que una frase con segundas intenciones. El status quo alrededor de la idea de que algo es poesía inmediatamente amplía las posibilidades de quien lo escribe o lo publica. Así también un libro que se presenta en un foro clásico normalmente se considera más cercano a la literatura o la idea que la literatura representa. Si tiene portada y hojas de papel se genera un hálito romántico de importancia y trascendencia, como si el papel sobrevivieran a los bits. Un poemario tiene mejores posibilidades de ser leído que un MC sin importar que el MC probablemente sea mucho mejor que el libro en si. Sin embargo las dos trincheras generan algo importante, identificación de la audiencia. Normalmente el que va a una noche de open mic de poesía no se siente cómodo rodeado de libros de poesía y viceversa. En realidad el asunto con la poesía se parece mucho a elegir un equipo de futbol. Lo importante es la playera y el juego como quiera que sea va pasando.

¿De dónde viene esto? Hace unos días el colectivo de unos amigos míos (siempre hay que aclarar esto) sacaron su primer disco. Emails a Nigeria de Los Kikín Fonseca y el Gringo Castro. ¿Qué es? Un disco de poemas o un disco de música con poemas o unos poemas con música o unas canciones no muy bien cantadas o unos poemas con una música no muy buena, en realidad cualquiera de las variantes anteriores puede ser usada para describirlo. Pero lo más importante es que es un buen disco. Es un disco trabajado, cuidado, diseñado, ensayado y profesionalmente realizado. Es un híbrido en una época en que esta palabra se usa a la ligera. Es una propuesta y casi toda propuesta es valiente en este siglo.

No hablaré mucho más del disco, en realidad creo que deberían buscarlo y escucharlo, ambos bandos. Principalmente creo que deberían hacerlo porque es posiblemente el primer poemario que se distribuye a través de Spotify, Apple Music, Deezer y el resto de plataformas musicales. Esto permite que sea el primer poemario que se puede descargar y reproducir sin necesidad de cambiar de plataformas o bajar aplicaciones para hacerlo. Es un poemario que se inserta inmediatamente en el flujo actual de consumo de contenidos y eso, por si mismo, ya es algo que considerar. Actualmente la literatura sigue tratando de mantenerse como una trinchera, quién quiera leer tiene que venir a nuestro territorio y seguir las reglas de este territorio. Eso por si mismo limita mucho las opciones, sólo hay que considerar la cantidad de gente que publica cosas en Facebook con la sola intención de encontrarlo después, hoy la comodidad del usuario está por encima de la calidad del producto y eso es algo a tener en consideración todo el tiempo.

La poesía sobrevive a través de versos de segunda publicados en una plataforma de primera. Eso es cierto, mucho más cierto que las 20 personas que acuden a una presentación de libros o las 100 personas que acuden a un festival de poesía. En realidad la cantidad de gente que considera que Benedetti es un gran poeta es mucho más grande que la comunidad que ha leído a Ezra Pound. El problema del argumento en contra de esta desgracia poética es que en realidad es una crítica a la realidad y la realidad, cómo se ha demostrado a través de los años, le importa un pepino las críticas. No se somete a la opinión. Eso es lo que la hace realidad.



Lo que Emails a Nigeria demuestra, como objeto, es que resulta mucho más interesante competir con los versos malos en la misma trinchera que tomar la distancia que conviene a la pedantería y esperar que las audiencias se acerquen a los libros sustrayéndose de lo demás. Sumar es mucho más interesante que restar, conectar es mejor que aislar, hacer redes tiene mejores dividendos que privatizar comunidades. Es un disco, una manifestación, un poemario, un eso que hace algo que está muy bien. Quizá también es una muestra de la importancia que tiene diversificar en una era que se desdobla todo el tiempo. Digitalizar lo análogo no es destruir, es multiplicar. Sacar al gato de la caja, pues.
miércoles, 3 de mayo de 2017

La información nos está matando










Por defecto, todos pensamos que estamos en lo correcto. En But what if we’re wrong?, Chuck Klosterman, en uno de esos ensayos, se adentra en las posibilidades de los avances tecnológicos y nuestra relación con ellos. En cierto punto, Klosterman sentencia el tema con una intrincada propuesta “Ahora tenemos acceso a todos los hechos posibles. Lo que se parece mucho a no tener acceso a ninguno”. Es complicado pensar que el 2017 es un año de vasta ignorancia, de profundo desconocimiento, pensar que el siglo XXI se está convirtiendo en una época de cierto tipo de oscurantismo parece una afirmación estúpida. De hecho posiblemente lo sea. Sin embargo no podemos negar que ante el flujo constante de información se empieza a percibir un tipo de ceguera selectiva. Digámoslo, por ser gentiles, una incapacidad visual que si bien no es ceguera total (la ausencia de vista) si se parece mucho a moverse en un mundo de sombras y figuras poco definidas.


La hechos siempre están ahí, visibles, contundentes. Pero lentamente vamos descubriendo que la interpretación de los hechos adquiere un mayor peso conforme la capacidad de emitir opiniones públicamente se convierte en el parámetro con el que nos medimos frente a los demás. El primer gran golpe a las noticias, en cualquiera que sea su formato, fue la sobrepoblación de opiniones en las redes sociales. La editorialización, fortaleza intrínseca de los medios de comunicación, pasó de ser sagrada a ser reiterativa conforme la masa popular se acercó a las publicaciones digitales con menor o mayor fuerza. En un ejemplo cualquiera tenemos el hecho X, cuya naturaleza es pública y, hasta cierto punto, corroborada por su existencia pública en diversos medios que gozan o no de un valor específico en el ámbito de la credibilidad. La realidad es que esa X es una treta. En realidad se trata de la descripción que hace Y de lo que sabe de X. En el siglo pasado los Y eran pocos, casi todos resumidos a contratos laborales con instituciones privadas o publicadas encargadas de trasladar los hechos a noticias. Hoy hay muchos más Y que X. Lo cuál conlleva a la proliferación de X1, X2, X3 y así hasta el hartazgo. En pocas palabras hay un mar de opiniones sobre unas cuantas gotas de mar.

Siria es un país en guerra. Una guerra que es tan terrible y devastadora como las imágenes, opiniones, videos y audio nos permita conocer. ¿Es la guerra en Siria más violenta que la guerra en Vietnam? Suponemos que si. De hecho posiblemente podríamos sostener una conversación de bar a favor o en contra de ambas posibilidades. La realidad es que posiblemente la guerra en Siria no sea más violenta que la guerra en Vietnam y eso se debe, no a la naturaleza violenta del hecho, sino a la oscuridad con la que se peleó en Vietnam en contraparte con la visibilidad que tiene la guerra en Siria. Podríamos, sin lugar a dudas, medirla por bajas civiles, bajas militares, destrucción por metro cuadrado, armas utilizadas, duración del conflicto y cientos de hechos más. La realidad es que la percepción de la guerra en Siria es mucho más grande que la percepción de la guerra en Vietnam por no retroceder a Korea o Polonia. Lo que si podemos considerar cierto es que existen muchos más hechos sobre la guerra de Siria en tiempo real de los que en su momento se tuvieron de la guerra de Vietnam. ¿Eso de que sirve? Absolutamente de nada y eso tiene que ver con que la exposición prolongada a la no ficción conlleva al derramamiento continuo de nuestra sensibilidad social y humana. Saber más de la guerra en Siria hace que nos importe menos. Esto en contraparte con la guerra de Vietnam, cuyo constructo social dependía mucho más en la ficción y los rumores, nos hace reconocer que los seres humanos podemos imaginar cosas terribles y comprometernos para terminar con ellas, pero que esa intensidad desaparece ante la frialdad de la certeza.

La verdad nos hará libres pero lentamente parece que ser libre trae consigo una buena parte de apatía. Claro, empezar por hablar de una guerra hace que todo parezca mucho más blanco y negro de lo que en realidad es, la degradación de nuestro interés en las cosas que podemos corroborar no proviene de las desgarradoras imágenes de niños destrozados en Siria. De hecho proviene de lugares más simples, comunes y de menor trascendencia socio política. Los términos y condiciones de tus redes sociales son el primer hecho que estás dispuesto a dejar pasar para determinar tu relación con dichas redes. Los sitios de chismes y rumores son el primer paso que tomas para afirmar que en realidad lo que ocurre no te importa ni la mitad de lo que te importa lo que “podría estar ocurriendo”. Supongo que por eso nos genera tanto conflicto la estadística. Por principio y siguiendo la tradición de la teoría de la mano negra, asumimos que toda la estadística está manipulada por un ente oscuro para favorecer la interpretación de los hechos que más le conviene. Partiendo de esa premisa regresamos al tema en que la existencia de Y para interpretar X siempre demerita a X  y vuelve a Y sospechoso. ¿Quieres evitar una discusión seria sobre una industria? Genera suficientes estadísticas complementarias, contradictorias, fantasiosas o de procedencia dudosa y tendrás en tus manos el gran valor de la información del siglo XXI: la duda.

¿Se puede disipar una duda? Es posible, muy posible de hecho. Con la capacidad que tenemos para obtener, manipular, comparar y valorar información en esta época no se vuelve tan complicado acercarse lo más posible a la naturaleza misma de un hecho. Hoy se puede tener un dato y corroborarlo en dos o tres fuentes, verbalizarlo con algunos especialistas y contrastarlo con estadísticas y tendencias anteriores en tan solo unas horas. La razón principal por la que muy poca gente corrobora sistemáticamente la información proviene mucho más de la naturaleza actual de nuestra relación los hechos que de la falta de datos. Procesamos hechos del siglo XXI siguiendo la lógica del siglo XX. El criterio casi nunca avanza a la misma velocidad que las herramientas. Así es como podemos encontrarnos que alguien asume que un Y tiene toda la razón sobre un X, porque en nuestro espectro cultural y académico la fortaleza de la información proviene de su fiabilidad y de la idea locuaz que tenemos sobre “fuentes y orígenes de los datos”.  Entonces leemos que Y dice que X es falso porque hay un Z que lo afirma. Lo que ignoramos, o elegimos ignorar, es que existe una posibilidad de que ese Z tenga su propio Y que percibe X en otras circunstancias o valores. La democratización de la información también trae consigo la posibilidad de fundamentar en un laberinto lo que consideramos una autopista. Esto proviene de la consideración que hacemos de la información como un ejercicio lineal, del qué, quién y cuándo del siglo pasado hoy nos enfrentamos al para qué, por qué, como qué de nuestro tiempo. Las intenciones ocupan el lugar de las corroboraciones y eso, de alguna manera, está bien.

Para Klosterman lo más importante de nuestro tiempo no es encontrar la verdad, en realidad la propuesta desde donde deberíamos acercarnos a nuestra era es mucho más afin a la duda que a la veracidad. Pero la duda como deporte no es más que ignorancia disfrazada de criterio. Dudar de todo y por todo desde la comodidad de nuestro Y sobre nuestra X es renunciar a la responsabilidad que conlleva tener una opinión. Y quiero ser claro aquí, esto no se trata de tener o no la razón, ese pequeño objeto miserable y sobrevalorado, creo que más bien se trata de generar una línea directa entre los hechos, las consideraciones y nuestra opinión. Reconocer que no es importante si la guerra en Siria es más violenta que la guerra en Vietnam, o si Facebook es un censor o un espacio privado digital con reglas y limitaciones, es mucho más importante evitar que la gente siga considerando la guerra en Siria un asunto económico y no social, mucho más importante reconocer que Facebook no es un lugar donde ocurren cosas atroces, considerar que la estadística que observamos en esa bonita infografía posiblemente provenga de un origen dudoso pero que no es responsabilidad de quien hace la infografía determinarlo. Asumir que recibir hechos no nos libra de la posibilidad de que dichos hechos sean falsos y de las consecuencias que eso trae consigo.

Una noticia falsa sólo es tan grande como la gente que la comparte. Una estadística manipulada sólo es tan grande como la gente que cree en ella. Una afirmación solo es tan grande como la gente que cree en ella. La relación con los hechos se fortalece en la orilla de la información pero se debilita en la orilla de la gente, nos ahogamos en datos incomprensibles y dudosos. ¿Somos más ignorantes que nuestros padres? Supongo que no. Pero si es claro que somos más apáticos y no en la intensidad con la que vivimos nuestras vidas sino en la apatía con la que nos relacionamos con una situación tecnológicamente más favorable. Somos hombres de piedra jugando Candy Crush y de alguna manera nos enorgullecemos de ello.